Recuerdos veraniegos

Recuerdo las calles de Sevilla, en mi infancia, con muchos más árboles, que buscábamos para ir por la sombrita, zigzagueando; recuerdo los bulevares que eran las avenidas de Ciudad Jardín y Cruzcampo; recuerdo el patio con las enormes pilistras (aspidistras), geranios, enredaderas…y el agua que mamá nos echaba con cubos a mi hermano y a mi. Las casas oscuras desde las doce del mediodía; el búcaro, ese olor a barro mojado, ese agua fresca, deliciosa; la siesta -que para mi era un martirio-, un tiempo que empleaba en pensar, en aquella penumbra, en travesuras mil para cuando nos permitieran levantarnos, observando las salamanquesas en el alto techo; recuerdo las noches en la puerta de la casa tomando el fresquito o esperando que llegara, jugando con grillos y mariquitas mientras los mayores charlaban, contaban historias, chistes y reían, reían…Así sin ventilador, pero con abanicos; sin aire acondicionado, nevera, frigorífico, ni veraneos en la playa.

Durante mis primeros años recuerdo ir de “veraneo” a un pequeño pueblo de Huelva, Villarrasa, en la zona del Condado, tierra de buenos vinos donde mamá y una de mis tías colaboraban con sus parientes en la vendimia. Mientras, los niños quedábamos al cuidado de otra de mis tías. Recuerdo la casa del pueblo con el suelo de tierra apisonada: se barría y después se remojaba esparciendo agua de un cubo de cinc con la palma de la mano; los melones se refrescaban en el pozo; recuerdo los catres con colchones  y almohadas rellenos de hojas secas de maíz. La feria de la Virgen de los Remedios y los toros -de cartón piedra- con la traca…(https://youtu.be/rvEYuGQ7d_8)

En la adolescencia vendrían veraneos en la playa -si había suerte-de Chipiona con los tíos y primos; la gaseosa y el agua en el frigorífico; las noches en las calles de Sevilla con los amigos; el cine de verano, los cines porque había cuatro o cinco en nuestros barrios (uno de ellos le llamábamos “el cine nevera”, estaba en las afueras junto a las huertas y pobre de ti si se te olvidaba la rebeca). Nuestros padres y abuelos seguían en las puertas con sus sillas hasta las dos o las tres de la madrugada esperando que refrescara; estas tertulias acabaron cuando en los ochenta la droga nos invadió: no era seguro estar en la calle ni se podían dejar las puertas abiertas por los robos. Seguía habiendo puestos callejeros de sandías y melones, fijos durante todo el verano en nuestros barrios, siempre abiertos, incluso el vendedor dormía en el puesto; el mantecado helado ambulante y pregonado por las calles, con ese sabor a vainilla y canela había dado paso a los kioskos de helados, que durante el verano aparecían en nuestras plazas o esquinas, como los polos de anís y los popsicles de menta -los más baratos-; las pipas de girasol o los garbancitos seguían entreteniéndonos -y alimentándonos- mientras charlábamos con los amigos y soñábamos con el futuro…

Me dejo en el tintero muchas cosas…¡Cuánto ha cambiado la vida!

Yo no creo que el calor fuera mucho menos que ahora pero, es cierto, que hay menos árboles, emitimos calor con los aires acondicionados, coches, etc., sin olvidar los bloques de pisos que desvían las corrientes de aire…Lo que sí hay ahora es menos calor humano, una ciudad más inhóspita por la que los guiris se pasean a la hora de la siesta ¡¡!!

mmhr/2017

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Historia de un canalla

He tardado en leer “Historia de un canalla” de Julia Navarro (más de 800 páginas). Siempre recordaré al canalla de su protagonista. Hay obras en las que hay un malvado, pero este tiene un perfil que se escapa de todo lo que me había imaginado y sus canalladas me dejan estupefacta en más de una ocasión; cuando crees que no puede hacer nada peor, lo supera. Una novela totalmente diferente a las que hasta ahora había leído de esta autora (“Dime quién soy”, “La hermandad de la Sábana Santa”, “La sangre de los inocentes”…)

Soy un canalla y no me arrepiento de serlo.
He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias.
He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme.
He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy.
Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer.
Esta es la historia de un canalla. La mía.

Thomas Spencer sabe lo que quiere en la vida y cómo conseguirlo. Todos los vicios confluyen en este publicista y repercutirán en su salud, pero no le importa.  Egoísta, ambicioso, cruel, cínico…Sin embargo, empezará a reflexionar cuando empeore su salud, una sensación extraña se ha apoderado de él y hay  noches en las que se pregunta cómo habría sido la vida que eligió no vivir.
El recuerdo de los momentos que le llevaron a triunfar como publicista y asesor de imagen, entre Londres y Nueva York, nos descubre los turbios mecanismos que en ocasiones emplean los centros de poder para conseguir sus fines. Un mundo hostil, gobernado por hombres, en el que las mujeres se resisten a tener un papel secundario. mmhr/2017

Foto: mmhr/2017

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Las edades

La niñez, bendita inconsciencia,

asombro en los ojos,

risa en el alma.

La adolescencia, la consciencia despierta,

miedo, a todo y a nada,

soberbio espíritu de contradicción.

La juventud, apenas llega se va,

dejando un sabor agridulce,

un no sé qué de vivir sin haber vivido.

La adultez responsable, corre, vuela,

sin reconocerse en el espejo,

en los ojos de los otros…

La madurez, repentina,

¿pero cómo ha llegado sin avisar?

El mundo que te rodea ha cambiado,

no entiendes nada,

escuchas lo que dices y piensas

¿es real? ¿Estoy soñando?

Es real, por supuesto.

apenas nacimos ayer y

ya estamos llegando al final.

La vejez, hoy prolongada con

pastillas rosas, azules, anaranjadas…

¿Y si todo es un sueño?

¿Y si despertamos en los brazos

de mamá? Ilusión,

esperanza, miedo, locura,

desatino…

Así pasan las edades del hombre,

raudas, veloces,

sin darnos tiempo a saborearlas,

a vivirlas intensamente.

Debería haber una asignatura en la escuela que nos enseñase

cómo hacerlo… mmhr/2017

 

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Soledad

La oscuridad más absoluta le envolvía desde hacía horas. Había perdido la noción del tiempo. El silencio era aún más inquietante que la oscuridad. ¿Cuántas horas hacía que era noche cerrada? La luna se había ocultado tras las cercanas montañas; las montañas…, recordó cuando subía al mirador para observar la ciudad, un paseo habitual. Aguzó el oído y, nada, no se oía nada, excepto el producido por la suave brisa al mecer los sauces que rodeaban la casa. Las noches silenciosas y oscuras en soledad eran insoportables, ansiaba la llegada del nuevo día; algunas veces los negros pensamientos dominaban todo su ser, quizás, se decía en voz alta, sería mejor que no hubiera un nuevo día; quizás, así, no tendría que soportar más el silencio, la oscuridad, el miedo, sí, el miedo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que oyó la voz de un ser humano, su risa, su llanto…Demasiadas noches solitarias, negras, silenciosas se habían sucedido desde aquel día, el último día que subió a la montaña y se encontró que la ciudad ¡había desaparecido! No quedaba rastro alguno. Nunca más encontró a otros seres humanos. Cansado, muy cansado de estar solo, en silencio; al principio, exploró, buscó, gritó…No había electricidad, las noches oscuras, silenciosas. ¿Qué había ocurrido? No dejaba de pensarlo sin hallar una respuesta convincente. Tal vez, pensó, había llega el momento de emigrar, en dirección contraria a la ciudad desaperecida. Tal vez, pensó, podría encontrar a otro ser humano o, incluso, a más de uno. La idea de ser el único ser humano vivo le aterraba. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Por qué en todo ese tiempo nunca apareció alguien a rescatarlo? Mañana, se dijo en voz alta, dejaré este lugar, me alejaré y no dejaré de caminar hasta que escuche una voz, una risa o un llanto de otro ser humano…MMHR/2017

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Sintra

Sintra es una villa portuguesa del distrito de Lisboa, región de Lisboa y subregión de Grande Lisboa, con cerca de 33.000 habitantes en su casco histórico y un total de 377.837 dentro de su término municipal. Se halla enclavada en un bosque y considero que es una de las mejores excursiones que pueden hacerse desde Lisboa. Me enamoré de esta pequeña ciudad la primera vez que la visité.

Nos alojábamos en un hotel en la zona norte de Lisboa, el Altis Park (actualmente Olaias Park Hotel), de 4 estrellas. Superó nuestras expectativas, aunque espero que hayan mejorado el desayuno. Tiene su propio parking, donde dejamos el coche toda nuestra estancia y usamos el transporte público (metro, tranvías, autobús y taxis) y nuestras piernas.

Decidimos hacer una excursión a Sintra y nos desplazamos en tren desde la estación del Rossio, la mejor opción para ir desde Lisboa. Recuerdo que el tiempo fue bastante lluvioso (era diciembre). Desde que bajamos del tren nos quedamos  boquiabiertos. Desde la estación de Sintra, con chubasqueros y paraguas, fuimos caminando hasta el centro. La primera visita fue al Palacio Nacional, pues el Palacio da Pena estaba cerrado. Había mucha gente por todos lados, gran parte españoles como nosotros. Comimos en un italiano que hay en una pequeña placita. En el centro cultural pudimos ver una exposición de juguetes antiguos. Cada calle, plaza o rincón te deja maravillado con esta ciudad de cuento. También visitamos la judería con sus callejuelas sinuosas y empinadas.
La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco el 19 de diciembre de 1995. Precisamente ese año fue la primera vez que estuve allí.
De origen celta, hacia el siglo XV se constituyó como zona de vacaciones de nobles y monarcas portugueses, debido en parte a su entorno natural, muy propicio para practicar la caza.
Aunque sus calles empinadas nos obliguen a ejercitar las piernas para recorrerla, Sintra posee un encanto único que la convierte en uno de los lugares más bellos de Portugal. Su característica arquitectura, que integra a la perfección palacios y jardines, castillos y bosques, merece una visita obligada. Sintra no es excesivamente grande, tiene muchos monumentos que merece la pena ver, por lo que hay que ir con tiempo para exprimir la visita al máximo. 

No he tenido más remedio que volver…mmhr/2017

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