Yewolff

El árbol caído le sirvió para esconderse del lobo. Al cabo de un buen rato se
atrevió a levantarse y decidió volverse a la aldea, tendría que avisar que le había visto, que Yewolff había vuelto.
Hacía unos diez años que no se había dejado ver por la comarca y corrió el rumor de que un leñador lo había matado. Sin embargo, nadie supo nunca el nombre del leñador y era extraño, porque cualquiera que diese muerte a tal bestia conseguiría la fama y podía ganar la recompensa ofrecida por el conde Ludwige.
No faltó quiénes decían que Yewolff era la encarnación del diablo y que atacaba por los terribles pecados cometidos por muchos de los habitantes del condado.
Ahora él podía asegurar que estaba vivo, pues era el mismo lobo, sin duda. Le había reconocido por la cicatriz que cruzaba en diagonal su cabeza, consecuencia de un corte dado con una espada por un caballero.
Iba despacio, no quería hacer ruido y que Yewolff le oyera. Cuando creyó que estaba suficientemente alejado empezó a apresurarse hasta que inició una veloz carrera camino de la aldea. Pronto divisó los tejados de pizarra y sobre ellos la imponente mole del castillo con sus torres puntiagudas. Cayó varias veces, se levantó y siguió corriendo. La espesura del bosque y las irregularidades del terreno le hicieron perder de vista la aldea en varias ocasiones. De pronto volvió a divisarla desde un claro, pero, ¿cómo podía estar tan lejos? Siguió hacia delante, cruzó el viejo puente romano y a partir de ahí el camino ascendía suavemente. Ya tenía que haber llegado, pero la aldea no se veía, a pesar de que el bosque había quedado atrás y caminaba por una llanura. Seguramente, se había perdido. Estaba desorientado. Nunca en sus treinta años le había ocurrido algo así. Conocía aquella zona como la palma de su mano. Se paró e intentó pensar y reconocer el paisaje a su alrededor, no hallaba nada conocido allí, nada que le sirviera de referencia para retomar el camino en la dirección correcta.
De pronto, empezó a caer la noche. No podía quedarse allí, tenía que llegar, avisar a sus vecinos. Todos estaban en peligro, si Yewolff se presentaba en la aldea, no sólo peligraban las ovejas. La última vez que estuvo en la aldea habían aparecido muertas gran cantidad de ellas y varios bebés.
No veía nada, pero siguió avanzando. La luna apareció y empezó a iluminar el sendero. Al cabo de un rato pudo ver algunas luces y caminó hacia ellas. Oyó algo y aterrado notó un escalofrío que recorrió su columna vertebral. Corría cada vez más deprisa, agotado, exhausto…Se dio un golpe con una rama que le hizo sangrar la frente. La sangre le nublaba la vista, pero las luces estaban cada vez más cerca, a medio km más o menos. Se paró y con la manga se limpió la sangre de la frente y en ese instante percibió como las luces se movían rápidas hacia él. Eran dos antorchas que corrían a su encuentro, debían ser bandidos de los que se refugiaban en la espesura del bosque. Como él no tenía nada de valor, pensó que le dejarían marchar o a lo mejor incluso le ayudaban a encontrar el camino de su aldea. Las luces brillaban cada vez más cerca cuando oyó un feroz aullido y sintió un enorme peso sobre él que le tiró al suelo. Era Yewolff, con sus brillantes ojos encendidos, que se lanzó sobre él destrozándolo a dentelladas. Y en los últimos instantes de su vida comprendió que el lobo había estado acechándolo todo el tiempo para caer sobre él y quitarle la vida.
Yewolff miró a la luna y aulló con su hocico cubierto de sangre. Se dirigió hacia la aldea y atacó el primer rebaño de ovejas. Las campanas de la iglesia empezaron a tocar, dando la alarma. El miedo se apoderó de los aldeanos al escuchar los aullidos del lobo y los balidos de las ovejas atacadas…Todos se quedaron en casa, rezando, pidiendo a dios que les perdonara sus pecados.
El lobo, una bestia de gran tamaño, siguió sembrando la muerte a su paso… algunos hombres, con antorchas, salieron a buscarlo. No tenían armas y cogieron piedras y algunos aperos de labranza y fueron acercándose al animal, hasta que parecía que lo tenían acorralado. Pero el lobo se lanzó contra ellos, iniciando una feroz lucha, de la que todos saldrían malparados. Una antorcha prendió la ropa de un campesino y este gritando de dolor se tiró al suelo del redil, cubierto de paja, y todo salió ardiendo, incluido Yewolff. Los aullidos de dolor del lobo se oyeron hasta en el castillo. El conde se asomó por una de las ventanas de la estancia y observó como la aldea entera era pasto de las llamas. Envió a los soldados para apagar el incendio, pero nada se pudo hacer. Todos los aldeanos habían muerto, la aldea era un montón de cenizas. MMHR/julio-2010
Safe Creative #1007296938511

Imagen obtenida de wikipedia.

Anuncios

Acerca de mmerhum12

Me gusta leer, me gustan los libros, no puedo prescindir de la música. Aprender a escribir es un reto. Me dedico a la enseñanza. Soy profesora de Geografía e Historia en un instituto de secundaria obligatoria y postobligatoria. Intento disfrutar con mi trabajo y, a veces, lo consigo.
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s