La cabeza y el cuerpo

Empezaba a vislumbrar un gran problema, un gravísimo problema. Su cabeza quería una cosa y su cuerpo otra. Ella quería correr, lejos, muy lejos; él no se movía, cruzaba las piernas y él se las descruzaba. Ella quería vivir aventuras por esos mares del sur que tanto le atraían desde que leyó “La isla del tesoro”; él decía que había tiempo, que más adelante, que aún no era el momento. Y así seguía, posada sobre sus hombros, mirando aquellas otrora fuertes piernas, aquel cuerpo antes endurecido, como se iban debilitando poco a poco, tomando un aspecto gelatinoso. No recordaba en qué momento se había iniciado su independencia. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo fue posible aquel desgobierno? Aquello había llegado demasiado lejos. Tendría que imponerse; por mucho que protestara, ella lo conseguiría. Trazó un plan, tenía que esforzarse, debía acabar con su autonomía. Si era necesario usaría la tiranía, como los antiguos griegos ¿recordáis? Los antiguos griegos usaban la tiranía durante un año para poner las cosas en su sitio si había un mal gobierno; bien, pues su cabeza sería el tirano y durante un año haría todo cuanto fuese necesario para someter al cuerpo a sus deseos. En esos momentos su cuerpo la hizo caer, ¿acaso se había dado cuenta de su plan y protestaba haciéndole daño? Se levantó, cogió un libro y se puso a leer, pero sus ojos se cerraraban y sus manos dejaron caer el libro. ¡No podía ser! Iría a dar un paseo. Cuando abrió la puerta un enorme vendaval la cerró, dándole en las narices. ¿Acaso su cuerpo había ordenado al viento que soplase tan fuerte y cerrase la puerta? Eso era imposible, algo inconcebible. El que mandara en su cuerpo era una cosa pero ¿en el viento? ¿Es que pretendía dejarla en aquel sillón todos los días? No, empezaría a ejercer la tiranía inmediatamente. Empezó a subir la escalera, lentamente, le dolían las articulaciones, pero siguió subiendo hasta que llegó arriba. Allí, a la derecha, estaba la puerta de la sala de deliberaciones. Entró, tenía ante sí todo un conjunto de máquinas y las usaría para domeñar a su infame cuerpo y ya vería quién salía victorioso de esta lucha. Empezó con la bicicleta estática unos diez minutos para ir calentando sus músculos adormecidos; siguió con con la cinta durante treinta minutos. ¡Cómo le costaba! Estaba desfalleciendo, pero siguió diez minutos haciendo remo; después un poco de pesas con brazos y piernas…¡había conseguido su primera hora gobernando el cuerpo. Su cabeza estaba exultante, su cuerpo sudado. Una buena ducha , la cena y a ¡leer! Se sentía feliz; no recordaba la última vez que se había sentido así. Sabía que dentro de trescientos sesenta y cuatro días podría correr la maratón, la sansilvestre, podría subir a la cima de aquella montaña que había en su pueblo, podría bailar ¡lo que quisiera! Sus ojos ya no se cerrarían cuando pasearan con avidez por las páginas de cualquier libro; viajaría todo lo lejos que le apeteciera como en el pasado…Tenía un año por delante, la tiranía funcionaría y su cuerpo a partir de entonces le obedecería…mmhr (noviembre/2012)

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Acerca de mmerhum12

Me gusta leer, me gustan los libros, no puedo prescindir de la música. Aprender a escribir es un reto. Me dedico a la enseñanza. Soy profesora de Geografía e Historia en un instituto de secundaria obligatoria y postobligatoria. Intento disfrutar con mi trabajo y, a veces, lo consigo.
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