Media vida

La lectura de la novela “Media vida” de Care Santos me ha entretenido, bueno, tampoco me ha parecido una obra de las que te subyugan dejándote pegada a sus páginas, aislándote de otras distracciones veraniegas.

El tema: unas amigas que se reencuentran después de más de treinta años. ¿Qué les separó al terminar su estancia en el internado? ¿Qué fue de aquella que desapareció una noche, aquella noche que jugaban a “Acción o Verdad”? ¿Tienen algo en común ahora? Una historia que empieza en los 50 bajo un régimen autoritario y con unas mujeres que empezaron a vislumbrar tarde la libertad. También hay secretos que se desvelan, algunos al final prácticamente, con lo cual el lector se mantiene con la intriga. Realmente, lo considero un libro para mujeres, evidentemente está dedicado a nosotras y no sé hasta qué punto podría ser un tema interesante para hombres; claro está que a través de su lectura, de sus protagonistas, nos pueden conocer mejor o, mejor dicho, pueden conocer cómo eran las mujeres de esa generación, sus ideales, su realidad.

“Olga sentía atracción por los secretos ajenos. Le gustaba leer cartas de otros, husmear en los cajones, en los equipajes y, siempre que tenía ocasión, escuchar conversaciones.”

“Marta detestaba parecer desolada, aunque lo estuviera. No soportaba la compasión ajena.”

“En realidad, Nina vio más cosas de las que dijo. Algunas se las calló para no ponerle triste, como que no iba a casarse nunca.”

“Julia sacó una botella de agua del frigorífico y sirvió dos vasos. Mientras Ramona se bebía el suyo, volvía a llenarlo y lo apuraba de nuevo,…”

“Lolita bajó a despedirlas a la puerta. Tal vez también sentía curiosidad por ver al nuevo padrastro…”

Actualmente, con las redes sociales se da mucho este tipo de encuentros, en los que, principalmente, la que convoca es una triunfadora o tiene una vida excesivamente aburrida (creo); comparar esas vidas que han desarrollado separadas, encontrar hechos comunes en algunas; constatar cuán diferente es, a veces, el recorrido realizado es del que imaginaban; ver como algunas vidas se han cruzado; éxitos, fracasos, rencores, cotilleos, envidias…Algunos de estos encuentros se repiten durante un tiempo, en el que casi siempre van asistiendo cada nueva cita menos gente. También hay ocasiones en las que se retoman amistades o se refuerzan unas que no fueron tan estrechas.

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Recuerdos veraniegos

Recuerdo las calles de Sevilla, en mi infancia, con muchos más árboles, que buscábamos para ir por la sombrita, zigzagueando; recuerdo los bulevares que eran las avenidas de Ciudad Jardín y Cruzcampo; recuerdo el patio con las enormes pilistras (aspidistras), geranios, enredaderas…y el agua que mamá nos echaba con cubos a mi hermano y a mi. Las casas oscuras desde las doce del mediodía; el búcaro, ese olor a barro mojado, ese agua fresca, deliciosa; la siesta -que para mi era un martirio-, un tiempo que empleaba en pensar, en aquella penumbra, en travesuras mil para cuando nos permitieran levantarnos, observando las salamanquesas en el alto techo; recuerdo las noches en la puerta de la casa tomando el fresquito o esperando que llegara, jugando con grillos y mariquitas mientras los mayores charlaban, contaban historias, chistes y reían, reían…Así sin ventilador, pero con abanicos; sin aire acondicionado, nevera, frigorífico, ni veraneos en la playa.

Durante mis primeros años recuerdo ir de “veraneo” a un pequeño pueblo de Huelva, Villarrasa, en la zona del Condado, tierra de buenos vinos donde mamá y una de mis tías colaboraban con sus parientes en la vendimia. Mientras, los niños quedábamos al cuidado de otra de mis tías. Recuerdo la casa del pueblo con el suelo de tierra apisonada: se barría y después se remojaba esparciendo agua de un cubo de cinc con la palma de la mano; los melones se refrescaban en el pozo; recuerdo los catres con colchones  y almohadas rellenos de hojas secas de maíz. La feria de la Virgen de los Remedios y los toros -de cartón piedra- con la traca…(https://youtu.be/rvEYuGQ7d_8)

En la adolescencia vendrían veraneos en la playa -si había suerte-de Chipiona con los tíos y primos; la gaseosa y el agua en el frigorífico; las noches en las calles de Sevilla con los amigos; el cine de verano, los cines porque había cuatro o cinco en nuestros barrios (uno de ellos le llamábamos “el cine nevera”, estaba en las afueras junto a las huertas y pobre de ti si se te olvidaba la rebeca). Nuestros padres y abuelos seguían en las puertas con sus sillas hasta las dos o las tres de la madrugada esperando que refrescara; estas tertulias acabaron cuando en los ochenta la droga nos invadió: no era seguro estar en la calle ni se podían dejar las puertas abiertas por los robos. Seguía habiendo puestos callejeros de sandías y melones, fijos durante todo el verano en nuestros barrios, siempre abiertos, incluso el vendedor dormía en el puesto; el mantecado helado ambulante y pregonado por las calles, con ese sabor a vainilla y canela había dado paso a los kioskos de helados, que durante el verano aparecían en nuestras plazas o esquinas, como los polos de anís y los popsicles de menta -los más baratos-; las pipas de girasol o los garbancitos seguían entreteniéndonos -y alimentándonos- mientras charlábamos con los amigos y soñábamos con el futuro…

Me dejo en el tintero muchas cosas…¡Cuánto ha cambiado la vida!

Yo no creo que el calor fuera mucho menos que ahora pero, es cierto, que hay menos árboles, emitimos calor con los aires acondicionados, coches, etc., sin olvidar los bloques de pisos que desvían las corrientes de aire…Lo que sí hay ahora es menos calor humano, una ciudad más inhóspita por la que los guiris se pasean a la hora de la siesta ¡¡!!

mmhr/2017

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Historia de un canalla

He tardado en leer “Historia de un canalla” de Julia Navarro (más de 800 páginas). Siempre recordaré al canalla de su protagonista. Hay obras en las que hay un malvado, pero este tiene un perfil que se escapa de todo lo que me había imaginado y sus canalladas me dejan estupefacta en más de una ocasión; cuando crees que no puede hacer nada peor, lo supera. Una novela totalmente diferente a las que hasta ahora había leído de esta autora (“Dime quién soy”, “La hermandad de la Sábana Santa”, “La sangre de los inocentes”…)

Soy un canalla y no me arrepiento de serlo.
He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias.
He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme.
He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy.
Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer.
Esta es la historia de un canalla. La mía.

Thomas Spencer sabe lo que quiere en la vida y cómo conseguirlo. Todos los vicios confluyen en este publicista y repercutirán en su salud, pero no le importa.  Egoísta, ambicioso, cruel, cínico…Sin embargo, empezará a reflexionar cuando empeore su salud, una sensación extraña se ha apoderado de él y hay  noches en las que se pregunta cómo habría sido la vida que eligió no vivir.
El recuerdo de los momentos que le llevaron a triunfar como publicista y asesor de imagen, entre Londres y Nueva York, nos descubre los turbios mecanismos que en ocasiones emplean los centros de poder para conseguir sus fines. Un mundo hostil, gobernado por hombres, en el que las mujeres se resisten a tener un papel secundario. mmhr/2017

Foto: mmhr/2017

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Las edades

La niñez, bendita inconsciencia,

asombro en los ojos,

risa en el alma.

La adolescencia, la consciencia despierta,

miedo, a todo y a nada,

soberbio espíritu de contradicción.

La juventud, apenas llega se va,

dejando un sabor agridulce,

un no sé qué de vivir sin haber vivido.

La adultez responsable, corre, vuela,

sin reconocerse en el espejo,

en los ojos de los otros…

La madurez, repentina,

¿pero cómo ha llegado sin avisar?

El mundo que te rodea ha cambiado,

no entiendes nada,

escuchas lo que dices y piensas

¿es real? ¿Estoy soñando?

Es real, por supuesto.

apenas nacimos ayer y

ya estamos llegando al final.

La vejez, hoy prolongada con

pastillas rosas, azules, anaranjadas…

¿Y si todo es un sueño?

¿Y si despertamos en los brazos

de mamá? Ilusión,

esperanza, miedo, locura,

desatino…

Así pasan las edades del hombre,

raudas, veloces,

sin darnos tiempo a saborearlas,

a vivirlas intensamente.

Debería haber una asignatura en la escuela que nos enseñase

cómo hacerlo… mmhr/2017

 

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Soledad

La oscuridad más absoluta le envolvía desde hacía horas. Había perdido la noción del tiempo. El silencio era aún más inquietante que la oscuridad. ¿Cuántas horas hacía que era noche cerrada? La luna se había ocultado tras las cercanas montañas; las montañas…, recordó cuando subía al mirador para observar la ciudad, un paseo habitual. Aguzó el oído y, nada, no se oía nada, excepto el producido por la suave brisa al mecer los sauces que rodeaban la casa. Las noches silenciosas y oscuras en soledad eran insoportables, ansiaba la llegada del nuevo día; algunas veces los negros pensamientos dominaban todo su ser, quizás, se decía en voz alta, sería mejor que no hubiera un nuevo día; quizás, así, no tendría que soportar más el silencio, la oscuridad, el miedo, sí, el miedo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que oyó la voz de un ser humano, su risa, su llanto…Demasiadas noches solitarias, negras, silenciosas se habían sucedido desde aquel día, el último día que subió a la montaña y se encontró que la ciudad ¡había desaparecido! No quedaba rastro alguno. Nunca más encontró a otros seres humanos. Cansado, muy cansado de estar solo, en silencio; al principio, exploró, buscó, gritó…No había electricidad, las noches oscuras, silenciosas. ¿Qué había ocurrido? No dejaba de pensarlo sin hallar una respuesta convincente. Tal vez, pensó, había llega el momento de emigrar, en dirección contraria a la ciudad desaperecida. Tal vez, pensó, podría encontrar a otro ser humano o, incluso, a más de uno. La idea de ser el único ser humano vivo le aterraba. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Por qué en todo ese tiempo nunca apareció alguien a rescatarlo? Mañana, se dijo en voz alta, dejaré este lugar, me alejaré y no dejaré de caminar hasta que escuche una voz, una risa o un llanto de otro ser humano…MMHR/2017

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